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TERMINA COMO UNA PELÍCULA DE VAQUEROS

Anoche conocí a Johnny Valdez. Quería conocerlo hace mucho tiempo. Pienso en él con frecuencia.

Anoche estuve en Libre y solterito. Libre y solterito es una taberna con temática de la Nueva Ola. Aunque de nueva no tiene nada. La Nueva Ola es tan vieja como mi abuela. O más. Johnny Valdez estaba ahí. Él es un escritor. Tiene un libro publicado, un libro de cuentos. Con eso se puede ser escritor. Un libro basta, creo. Lo reconocí por una foto. La foto del libro. Me gustó el primer cuento de su libro. Los otros no tanto. No son malos, solo no me gustan. El cuento que me gusta es sobre una mujer. Una mujer parecida a mí. Tiene mi mismo pelo, mis mismos ojos, tiene mi misma boca. Mi piel. Tiene mi estatura, mi misma indecisión. Ella no sabe qué hacer, al igual que yo. Como si Johnny me conociera. Maravilloso.

El cuento empieza como una historia de amor. No podría decir que el relato es una historia de amor, pero que hay amor, sí, se puede decir que hay amor. Luego viene esa parte que es más triste que una sentencia de muerte que dura años y años y no llega. Esa parte es triste. Le sigue el giro inesperado (yo la verdad lo había anticipado) y la parte en que termina como una película de vaqueros. Al final, mueren varios y queda uno de pie. Triste, solitario y heroico.

Anoche Johnny me vio por vez primera. Yo también lo vi por vez primera. Se ve mejor en la foto. En persona es casi feo. Tuvo suerte: a mí me gustan los feos, los que no salen en revistas, los que no salen en televisión, en cine. Me gustan los de los libros. En el libro sale bien. Aparece con anteojos. Anoche no los llevaba, se ve mejor sin ellos. Me gustó su pose. No era la de un intelectual o la de alguien que finge. Era la pose de un hombre. La de un escritor. La de un hombre que escribe, un hombre feo, un poco demasiado serio. Pero un hombre al fin y al cabo. Anoche le hablé. Johnny Valdez tenía cara de derrota y cantaba unas canciones.

Él no sabe nada al respecto. Él está lejos de conocer la verdad. Y la verdad es penosa. Debo decir que su cuento me salvó. Estuve a punto de acabar conmigo. Y por completo. Por azar encontré su libro, lo hallé en la pieza de Diomedes. El inmortal Dilo calladito de 145 páginas, tapa blanda y rojiza. Y, pues, Diomedes murió. Diomedes me dejó y no volverá. Jamás volverá. Quería irme con Diomedes. Todo mi ser quería perseguir a Diomedes y alcanzarlo. Y el cuento me salvó. Pero Sánchez no se salvó. Sánchez es la mujer del cuento. Ella también murió. Fue una muerte atroz. En el cuento sobrevivió uno. También como yo. Sobrevivió Lafcadio. Lafcadio Escorial. El amante de Sánchez. Lafcadio Escorial. Bonito nombre ¿no? Lafcadio es otro escritor. Él sobrevivió, como yo. Quería ir tras Diomedes, pero encontré algo. Una cosa por hacer: encontrar a Johnny Valdez. El escritor, el autor del cuento, del cuento que me salvó. Y Johnny Valdez cometió una torpeza. Una torpeza preciosa. La torpeza de nombrar a Libre y solterito en el cuento, una taberna que existe en la ciudad. La taberna de anoche. Nuestra taberna.

Llegué a Libre y solterito antes de medianoche y lo reconocí de inmediato. Estaba junto a la barra y daba la espalda a la entrada. Fueron varios días en vano que pasé por Libre y solterito y nunca lo encontré. Iba allí en las noches y nada. Nunca lo encontraba. Pero anoche sí. Vestía de negro, sin anteojos, como dije. Entonces, me pedí una cerveza y me hice en una mesa junto a la puerta. Lejos de él. Todos me miraban. O al menos casi todos. Pero ellos no tienen la suerte de Johnny Valdez, el escritor. El escritor feo que no posa como intelectual. Que yo recuerde, los que me observaban no escribieron un cuento que me haya salvado. Después de unos minutos, Valdez supo que lo observaba. Advertí que se incomodó. A partir de ese instante, no volvió a estar tranquilo. A veces volvía su rostro: me encontraba: huía: tomaba su cerveza: bebía: miraba la barra: vencido. O cansado. O tímido. No dudé más. Fui hacia él.

—¿Puedo sentarme? —le dije.

No respondió. Me senté. Me observaba gravemente.

—¿Me reconoces? —le dije.

—No.

—Soy Sánchez —dije.

—Sánchez… —dijo. Se quedó pensativo. No pestañaba. Se hacía menos feo. Estábamos muy cerca. Cada vez más cerca.

—Eres Johnny Valdez, ¿verdad?

—No —dijo, secamente.

—Tú eres Johnny Valdez. No me engañas.

Johnny no respondió. Me dio la espalda, habló con el barman, pagó y se marchó. Y ni siquiera me observó. Yo sabía que era él. Era él. ¡Carajo, era él! Johnny Valdez, el escritor sin anteojos. Era él, el escritor cretino, el gran cretino. Regresaré cada noche, pensé, y eso haré. Me acerqué al barman.

—Él es escritor, ¿verdad?

—¿Quién?

—El que se acaba de ir.

—Sí, eso dice.

—¿Eso dice? Hmmm… ¿Y cómo se llama?

—Se llama Lafcadio Escorial y parece que siempre está de luto.

Pagué mi cerveza. Recordé reclamar el cambio en la puerta de vaivén. Ya no importaba. Una canción de Óscar Golden inundaba la taberna. Salí a la calle. Sonora, veloz, multicolor. Vi la espalda de Johnny Valdez. Del escritor que usaba el nombre de su héroe como nom de plume (era apenas un sobreviviente, quizás no un héroe en el estricto sentido de la palabra). Lo vi chocar su hombro con el hombro de otro hombre. Un hombre alto, ancho, bello. Un hombrón. Un hombrón que se parecía a mi Diomedes. Los hombres se detuvieron unos pasos adelante y dieron media vuelta. Se miraron fijamente. Diría que se conocían. Que se conocían muy bien. Al punto de que se odiaban. De que se odiaban a muerte. Se llevaron la mano al cinto y salí despedida. Corrí en medio del ruido de una frenada monumental de automóvil, estridente, de película. Corrí.